De verdad, rubia, ¿tienes que preguntarlo?

No pudo soportar la culpabilidad. Estaba tan enamorada de él que quiso morirse en ese momento. Se dejó caer de rodillas al suelo, desconsolada. No lo entiendo.
—¿Por qué has hecho eso por mí? —explotó—. Yo no significo nada para ti. No puedes amarme, Kilian. ¿Por qué tiene que parecer que lo haces?
Le volvió a mirar, y algo en él cambió. Vio luz en sus ojos, sólo cuando la miraba, llorando por él. Quizás porque no había criatura en la faz de la Tierra, fuera demonio o no, que no pudiera quebrarse cuando los hermosos ojos de Layla se inundaban de tristeza y amor a partes iguales.
Kilian se acuclilló ante ella y ladeó la cabeza, observándola. Layla siempre sería la cosa más bonita que había visto nunca. Especialmente en ese instante, rota. Incapaz de continuar con su vida sin él.
—De verdad, rubia, ¿tienes que preguntarlo?
Llevaba doce minutos exactos con ella y cada segundo le costaba no tocarla. Dudó, pero después le puso la mano en la mejilla. Ella cerró los ojos y se empeñó en agachar la cabeza. Si no la conociese, juraría que se había enfadado.
—¿Después de todo este tiempo? ¿Ahora tenías que decírmelo? ¿Ahora, que no sé cuándo volveré a verte?
—Sí. Supongo que debía ser así. Cosas de los Dioses.
Él no era un demonio. Sólo fingía serlo, fingía que nada le importaba, incluso ella. Se había mantenido al margen para evitar hacer algo de lo que arrepentirse. Ni Phoenix ni Russel ni October sabían nada de lo que ellos tenían. No podían ver a Kilian allí, junto a ella, muriéndose por besarla.
—Dicen que las emociones están en el cerebro y que el corazón las mueve. Lilith dividió en dos el mío. Mi corazón es ficticio, no me afecta de ninguna manera y puedo vivir sin él. Ella lo posee, así que me matará si lo cree conveniente y será sueña de mis emociones. Para siempre —le explicó Kilian, a media voz—. Durante toda mi vida pensé que nunca sentiría nada tan poderoso que me hiciera perder mi egoísmo, pero cuando Lilith te arrebató el alma, me di cuenta de que no había otra cosa que me apasionara más que tú.
Ella era la razón por la que se negaba a desprenderse de su humanidad, aunque el demonio luchara por hacer que olvidara los últimos veintitrés años de existencia. Nadie sabría nunca lo que costó permanecer lejos de Layla el primer día. Y el segundo. Y todos los que habían pasado hasta aquél.

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