Mientras te cuenta la última vez que vio llover, la observas. Es preciosa. Siempre te lo ha parecido. Llevas más de un año cogiendo ese autobús para mirarla. Tiene el cabello rubio y ondulado, suelto. Y casi siempre lleva un abrigo que cubre el resto de la ropa. Excepto en verano, cuando lleva petos vaqueros. Tiene los ojos claros, grandes y expresivos, que miran a todos lados con la velocidad de un rayo.
Te encanta. Sí, te encanta. Ni siquiera sabes su nombre, o si tiene tendencias sadomasoquistas –eso es importante-, pero ella te encanta. Debe ser eso lo que llaman amor a primera vista.
Bueno, chico, no te olvides de ese café. Y quieres decírselo, sí. Y la miras con decisión. Y abres la boca, resuelto. Ahí. Hacia delante. Sus ojos se encuentran con los tuyos. Te deja sin respiración. Ella intuye lo que ocurre, y se ríe, divertida.
Te deja espacio, por si te aclaras –¿sí o qué?-, pero tú no puedes más. Cambias de posición, sintiendo que tu espalda está lleno de sudor.
Quién te hubiera dicho que iba a ser tan complicad pedir una cita.
Su parada llega, y ella, con cierta pena en la sonrisa, se despide de ti con la mano. Como ayer. Otro día sin café, chico.
- Mañana. De mañana no pasa.

3 comentarios:

  1. Dile que yo le animo, que sudando no se es feliz, y esa chica merece mucho la pena.

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  2. Que se apure o ella terminará invitandolo y eso le resta puntos!
    Me encanta!

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