Al principio, Layla no recordó qué había pasado ni porqué estaba en su antigua habitación de paredes rosas. Después todo llegó, en torrente, y cerró los ojos, queriendo volver a dormirse, pero sólo consiguió que las lágrimas cayesen de sus ojos más rápido.
Debía ser ya tarde, porque el sol se filtraba por los agujeros de las persianas, pero Layla no tuvo ninguna intención de levantarse. No quería que Russel la viera así.
Escuchó que la puerta se abría y se cerraba. Pensó que su hermano se habría asomado para ver si se había despertado, y al no verla moverse, habría decidido dejarla tranquila; pero Russel se echó en la cama, a su lado, y la abrazó por encima de la colcha.
Layla se giró hacia él para mirar sus ojos. La mirada de su hermano se parecía muchísimo a la de su padre, y eso la emocionó aún más. Sollozó y metió la cabeza en el hueco de su cuello. Russel la besó en la cabeza y la consoló, frotando su espalda, mientras escuchaba su llanto.
- Pasará – le susurró él – Te lo prometo.
Layla sabía que jamás pasaría. En lugar de corazón sólo tenía un hueco vacío.

4 comentarios:

  1. Dios me has hecho sentirlo como si fuera ella. La perdida de alguien querido siempre es desconcertante y dificl de asimilar. Me gusta como lo has escrito, no es muy descriptivo pero es justo y te ahce estremecer.
    Muchos besos bruja del oeste ;)

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  2. o.o
    pobrecilla, a veces falta una persona y parece que todo el mundo esta despoblado . . .

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  3. no pasará. pero cada vez dolerá menos.

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