Lo has roto, princesa.

1 en Oz

Pistol exhaló aire, expulsando el veneno acumulado de todos esos horribles y tensos días. Quería echarse a llorar durante horas, quería estar solo, quería pelearse contra el mundo. Quería dejar de sentir, quería no querer a Bullet. Quería que ella desapareciera y se llevara todo el dolor.
—Y por si no te había quedado claro, lo has estropeado del todo. Lo has roto, princesa. Puedes quedarte con el amor invisible de tu hermana, porque nunca volverás a tener el mío.
A Bullet le costó reaccionar. Su capacidad de asimilación siempre había sido casi nula. Se sintió vacía, desprotegida. Una voz en su cabeza le dijo que se lo había buscado. Pero otra, la que luchaba por sobrevivir cuando la ahogaban hasta el cuello, volvió a construir en su interior un muro impenetrable y le sacó a él.
—¡Eres un imbécil! —le gritó, cerrando los ojos. No podía mirarle. Acababa de dejar sus sentimientos por los suelos, y eso le hacía daño. Como un campo de espinas en el que había metido los pies y la herían en la piel cada segundo que respiraba—. ¡TE ODIO!
—¡Cállate, Bullet! —le advirtió Gahol, tratando de retenerla. Ella clavó los talones en la tierra, impidiendo que la moviera—. ¡Estás asustando a la gente!
Ella sacudió la cabeza. La serpiente de la venganza, de la ira y del miedo se movía por sus venas, como la sangre. Se había quedado tan helada que no sentía nada. Ni cómo le latía el corazón, ni el frío en la punta de los dedos.
—¡OJALÁ TE…!
—¡Qué! —la retó Pistol, empujándola lejos de él. Ella se quedó sin respiración ante ese rechazo—. Suéltalo. 
—¡OJALÁ TE MUERAS! —voceó.
—Entonces reza porque Dios te escuche —le contestó Pistol, con voz trémula. Incluso esbozó una sonrisa torcida.
Eso era lo que quería. Que Bullet le destrozara y dejara que se concentrase en la guerra.

c o r a z o n e s.